HAMBRE EMOCIONAL
- antiapia
- 25 ene 2025
- 2 Min. de lectura
[Primer artículo del fanzine "Por debajo de la mesa". Proyecto al completo aquí]
Me levanto de la mesa y pienso que sigo con hambre.
Hambre de las marineras de Murcia y del yogur indio de naranja y pistacho.
Hambre de un café asiático en la plaza de Cartagena.
Hambre de mis muelas remoloneando un trozo de queso fresco a la plancha con un chorrito de aceite en crudo.
Mi boca busca hablarme del comer en su sentido más completo. En lo prescindible e indispensable del ritual que acompaña cualquier comida. Lamento la rigidez del lenguaje de no diferenciar un Comer con mayúsculas.
Como si lo que engullimos en media hora escasa, previo a la pausa del café, al ritmo frenético del trabajo, pudiese aglutinar una realidad tan dispar a los recuerdos que ahora mismo siento. Comer por hambre no es siempre comer por gusto, términos no excluyentes aunque casi antagónicos.
Internet define el hambre emocional como aquel estado en el que individuo ingiere alimentos obedeciendo a una compulsión, en vez de un apetito o necesidad real.
Me pregunto quién no funciona por impulsos o si hay una manera más cierta de escuchar al cuerpo.
El malcitado “comer por comer” se ata inexorable, instintivo, al trastorno
alimentício al que imponer una solución. ¿Qué se esconde detrás de
la sinécdoque de un plato?
Evitar el leer entre líneas, la pausa ante tal afirmación incendiaria, para construir la distancia suficiente que permita cuestionarnos qué es una necesidad real, si las ganas deben ser instintivas o el porqué de asociar el comer impulsivo con la inadecuada gestión emocional.
Los tomates oscuros, piel roja y violeta, achatados, abultados y tiernos. Tienen el sabor de los recuerdos, del hambre emocional que no considero en absoluto débil, sino herramienta para saborear el tiempo.
Si el hambre aplaca la debilidad, ¿debe el hambre emocional apagar la debilidad emocional? El concepto de llenar un vacío, sea cual sea, es inherente al acto de comer.
Si ceno con mis amigas los viernes, también es para llenar el vacío de no vernos más a menudo. El comer fuera los fines de semana, sacian mis ganas de nuevas experiencias culinarias. Pedir comida a domicilio suple la falta de tiempo de un día que se estira mientras me oprime.
Analizar el hambre y la comida más allá del alimento.
Hablar de hambre emocional separando cuerpos y conductas normativas, de alimentación intuitiva, del sexo y fases hormonales… es crear un sesgo en nuestro pensamiento.
Hablar de necesidad real, explorando el necesitar, las ganas la supervivencia. Real y realidad, ficción y no ficción.
Asociamos ideas como vehículo único para entender lo que nos rodea. Aportamos connotaciones negativas con la falsa creencia de concebir una solución.
Nuestro cuerpo nos habla y el comer es comunicación. El hambre nos pregunta a nosotros qué necesitamos y nos muestra la existencia de un vacío.
Escuchar el hambre emocional es el primer paso para no intentar aplacarla.
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